Por qué es indispensable exportar cada vez más

Para evitar las crisis recurrentes se necesita un modelo económico que genere un aumento sostenido de las exportaciones y la inversión, por arriba del crecimiento del consumo público y privado.

La causa del estancamiento no es nueva, es el viejo modelo de la restricción externa y el stop and go.

Cuando el PIB de Argentina crece, como en cualquier otro país, tienden a hacerlo también las importaciones.

Si las exportaciones no crecen a la par, tiende a generarse déficit comercial. Este puede financiarse con endeudamiento externo o uso de reservas del BCRA, pero si no se corrige, termina en una crisis de balanza de pagos por escasez de divisas internacionales. Una vez que esto último ocurre, debe recurrirse a una devaluación del peso, que por un lado mejora la rentabilidad de las exportaciones, y por otro deprime las importaciones a través de la caída del salario real, el consumo y la actividad, lo cual mejora el resultado de la balanza comercial. Pero luego volvemos a repetir el mismo círculo vicioso, sin aprender nada.

El problema existe porque repetidamente Argentina intenta crecer sólo “hacia adentro”, es decir, sólo por demanda interna, liderada por consumo privado (salarios) y gasto público corriente. Y porque dichas estrategias normalmente son acompañadas por déficit fiscal e inflación, que terminan en una apreciación del peso (atraso cambiario), deteriora exportaciones e incentiva importaciones.

Una vez que se llega al cuello de botella de las reservas, normalmente se ha recurrido a poner más trabas a las importaciones y/o a implementar controles de capitales, como el “cepo” cambiario implementado por última vez en 2011. Pero se trata sólo de medidas que alargan la vida útil de un modelo inviable, sin solucionar los problemas de fondo.

Para evitar las crisis recurrentes del stop and go se necesita un modelo económico que genere un aumento sostenido de las exportaciones y la inversión, por arriba del crecimiento del consumo público y privado. Requiere un sector público ordenado, eficiente y no deficitario, y una economía privada competitiva, tanto desde el punto de vista cambiario como estructural (impuestos, infraestructura, regulaciones laborales, etcétera).

Inicialmente se crecería menos que con la economía de “sólo consumo”, pero se evitarían las crisis y se crecería en mayor medida a largo plazo, disminuyendo en forma sostenible la pobreza. Un tipo de cambio alto significa que los salarios son bajos, y viceversa, más allá de la productividad del trabajo local. Por ende, se debe intentar mantener un tipo de cambio (salario), que permita los equilibrios básicos de la economía, y generar un modelo exportador con alto valor agregado.

Dada la citada relación entre tipo de cambio y salarios, cuesta entender la propuesta de un actual candidato a presidente de la Nación, cuando afirma que el tipo de cambio actual resulta subvaluado (bajo), pero simultáneamente afirma que hay que mejorar el ingreso de la gente.

Salvo que se refiera a una expresión de deseo para que el tipo de cambio suba mucho (como ocurrió tras las elecciones Paso), de modo que erosione las chances electorales del oficialismo por vía de aumentos de precios, y permita luego una política de subas salariales desde diciembre, al partir de niveles muy bajos. Algo similar a lo que pudo hacer Néstor Kirchner, una vez que Duhalde licuó salarios en 2002, aunque no para generar un modelo exportador virtuoso, sino lo contrario, que terminó también en fracaso, especialmente entre 2011 y 2015.

Un tipo de cambio de 60 pesos, como el actual, resulta equivalente al que se observaba en el año 2007, cuando la economía de Argentina exhibía una buena competitividad cambiaria. El tipo de cambio de 2002 sería equivalente a más de 80 pesos, y el de fines de 2015, 34 pesos. No puede decirse, de ninguna manera, que el tipo de cambio actual esté subvaluado. Por su parte, los superávits comerciales observados en los últimos meses dan cuenta también que estábamos en un nivel de tipo de cambio relativamente alto.

Si bien la guerra comercial ha devaluado las monedas en todo el mundo, incluido el peso argentino, la voluntad del Gobierno era mantener el tipo de cambio nominal quieto en esta etapa electoral. Ello ya no ocurrirá. El dólar se disparó y quedan las consecuencias que deberán corregirse no sin un fuerte impacto social.

Luego de las elecciones, ya sin la espuma de la incertidumbre política, y si quienes resultan electos para gobernar inspiran confianza interna y externa (cosa que está por verse), debería en teoría ser más sencillo administrar la política cambiaria sin abandonar el objetivo principal: generar dólares con la exportación.

Autor: Marcelo Capello, Presidente de IERAL – La voz del interior