No es que se le pierda el respeto al virus, hay medidas insensatas

04-08-2020 – Quiero pedirle al gran Horacio Guaraní, ese pedazo de estrofa de su canción que dice: “si se calla el cantor, muere de espanto la esperanza, la luz y la alegría” para comenzar a escribir este humilde y agotado pensamiento que busca interpretar este contexto de agobio que no solo tiene que ver con la llegada de esta pandemia sino que la batería de medidas con las que se intenta controlar la propagación del virus superan el malhumor social, porque ya en muchos casos enfurece.

Vivimos en democracia, que no se calle el cantor ni nadie que quiera hablar en un momento en el que ya, para muchos es insoportable la crisis económica que va en detrimento de las estructuras familiares y de la salud, en forma de otras enfermedades que ya no le interesan más nadie, porque lo que realmente cuenta, es no sumar alguien más en la lista del COVID19.

Si, por supuesto, que a todos nos importa, no solamente no estar en esa lista de infectados, sino que tampoco estén nuestros seres queridos o conocidos allí, pero a esta altura del partido, en pleno agosto, con cinco meses en nuestras espaldas, con casi 150 días sufriendo un poco de todo, parece increíble que no se puedan activar algunas actividades y algunos rubros con protocolos higiénicos sanitarios, como si se los permiten a otros.

No hace falta que nadie explique más de los alcances de las leyes y de lo que significan los Decretos de Necesidad y Urgencia, no hace falta ser erudito para entender eso, lo saben perfectamente hasta los niños de primer grado que recién empiezan a leer, porque de esto se habla en todos lados; sino que el verdadero tema es la imposición constante, que nos quieran adoctrinar con discursos únicos, los cuales se han cansado de pedirnos a todos los argentinos y a todos los periodistas, no contrariar.

Miren, nos quieren bloquear nuestra capacidad de pensar, nos quieren imponer lo que debemos decir, nos quieren enseñar a no cuestionar, a no preguntar, y nos presentan una lista de lo que se puede o no se puede decir. Yo me pregunto, hasta cuando, porque si bien al principio la mayoría estuvo de acuerdo, otros se indignaron, pero al final de cuentas era evidente que todo tenía un sentido: ganar tiempo, equipar centros de salud, comprar respiradores, acondicionar espacios de recreación para que se transformaran en espacios de aislamiento, estar listos para poder atender a todos, y que no nos pase lo de China, lo de los países europeos, o lo de Estados Unidos, a quienes les llegó el virus antes que a nosotros.

Si, es verdad, le guste a quien le guste, el esfuerzo tenía un sentido, con gente a favor o en contra, pero sin lugar a dudas un argumento válido.

Pero, a estas fechas del calendario, con más meses cortados que meses por cortar, hay gente que todavía espera arrancar, con el pie acalambrado esperando poder presionar el acelerador, y los meses se van y el gran día no llega.

Algunas preguntas:

¿Sirven o no sirven los protocolos, porque si sirven, por qué son efectivos para algunas actividades y para otras no?

¿Qué diferencia hay reunirse con la familia –que lo prohíben- que reunirse en un bar o en un restaurante?

¿Por qué, si fuera manejando en la ruta sola, me permitirían ir sin barbijo y si voy con mi marido debemos ir con barbijo si o si?

¿Por qué, si para que una persona se contagie requiere de quince minutos de contacto directo con un contagiado, si me ven caminando al aire libre sola, se me acerca la policía a pedirme que me ponga el barbijo?

Si, sí, ya sé, que lo dice el COE, que lo dicen las leyes y lo dicen los DNU, pero estas cuatro preguntas, son cuatro meros ejemplos, que si nos tomamos tiempo hay muchísimos más por citar, que hacen que la gente se indigne, porque hoy no esperamos que se prepare el sistema que era un argumento respetable, hoy, estas medidas carecen de coherencia, no tienen sensatez, están privadas de todo sentido común, por eso se alimenta el malhumor social.

Ojalá no nos acostumbremos a pedir permiso ni para pensar, ni para hablar, y que como, casi en formato de plegaria, Guaraní solicitaba en su canción: “Que mil guitarras desangren en la noche, una inmortal canción al infinito” porque “si se calla el cantor… calla la vida”.

Lic. Silvina Tissera

Comunicadora Social-Periodista