La división del trabajo entre un presidente y sus ministros

Por Juan Carlos de Pablo - Economista
10-01-2021 – Lionel Robbins tuvo mala suerte. Publicó su Ensayo sobre la naturaleza y la significación de la ciencia económica en 1932. Correctamente, puso en el centro de la disciplina el hecho de que los recursos son escasos y tienen usos alternativos. Pero 1932 fue el peor año de la Gran Crisis de la década de 1930, cuando sobraban recursos y faltaba demanda. El ensayo le adjudicó a la dirigencia política ocuparse del «qué», es decir, de los objetivos, y a los economistas, ocuparse del «cómo», es decir, de los instrumentos. ¿Es esta una visión realista de la relación que existe entre los presidentes y sus ministros de economía?

Al respecto hablé con el inglés Alan Arthur Walters (1926-2009), quien al terminar la Segunda Guerra Mundial, como se había olvidado lo que había aprendido en la escuela, no había aprendido nada en el Ejército y virtualmente no sabía nada de nada, un profesor le sugirió que estudiara? ¡economía! Notable pianista, en 1971 publicó un artículo sobre «expectativas consistentes», considerado un antecedente del trabajo que poco después publicaría Robert Emerson Lucas.

Lo contacté porque, según Patrick Minford, «el rol que cumplió como asesor económico personal de la primera ministra Margaret Thatcher es casi único en la historia inglesa y probablemente mundial». Al respecto, Walters sostuvo: «El trabajo es único. Tuve el mejor puesto que se podía imaginar. Tuve mucha influencia porque me gané su confianza». De las cualidades que se necesitan para ser un buen asesor presidencial, el carácter es mucho más importante que los conocimientos, porque es preciso batallar contra la burocracia, la academia, la prensa, en una palabra, con el establishment, según alguien recordó cuando Walters falleció. A lo cual Nigel Lawson agregó: «Más allá de sus yerros, Alan puso suficiente garra como para discutir con Thatcher cuando él estaba convencido de que ella estaba equivocada».

-¿Usted trabajó en el Banco Mundial?

-Así es, especializado en economía de los transportes. La mayor satisfacción que logré en esta materia fue cuando Singapur adoptó un sistema de precios como el que había sugerido, para enfrentar los problemas de congestión urbana. También apliqué las ideas de congestión a los aeropuertos en Inglaterra. A propósito: el Banco me envió a la Argentina para que estudiara la exitosa privatización del servicio de ómnibus de la ciudad de Buenos Aires, ocurrida a comienzos de la década de 1960, durante la presidencia de Arturo Frondizi.

-¿Qué opina de la división del trabajo propuesta por Robbins?

-Primero, una aclaración. Como bien explicó el propio Robbins en 1981, él nunca les prohibió a los economistas que tuvieran ideas referidas a los destinos de las sociedades en las cuales vivían, sino que dijo que no podían plantearlas por ser economistas. Luigi Einaudi en Italia, Valery Giscard D’Estaing en Francia, Ludwig Erhard en Alemania, Pedro Pablo Kuczynski y Alejandro Toledo en Perú, y James Harold Wilson en Inglaterra, son ejemplos de graduados en economía que ocuparon las máximas responsabilidades ejecutivas en sus países.

-Insisto con la pregunta anterior.

-En 1957, Francis Michel Bator explicó la idea de manera inmejorable, ayudado por gráficos simples. A partir de las dotaciones factoriales y de la tecnología en uso, derivó la frontera de posibilidades de producción, que indica el máximo nivel de producción de un bien que resulta factible dados los niveles de producción de los otros bienes. Y de ahí, pasó al mundo de las utilidades, pidiéndole a la dirigencia política que explicitara lo que los economistas denominamos una función social de bienestar, para poder determinar la posición óptima, es decir, la mejor de las posibles.

-Personalizando, imagino una conversación entre el presidente de una nación y su ministro de Economía.

-El ministro concurre al despacho presidencial, el presidente le dicta la función social de bienestar, el ministro la maximiza según las restricciones, da a publicidad los resultados y se echa a descansar (en un mundo cambiante, repite el ejercicio para adecuarlo a las nuevas circunstancias). La explicación es pedagógicamente brillante, pero tiene un pequeño problema.

-¿Cuál es?

-Que no tiene nada que ver con la realidad. Muéstrele a cualquier exministro de economía la monografía de Bator, y se echará a reír. No descarto que haya existido algún presidente de la Nación que sabía hacia dónde quería orientar a su país, dejándole a sus ministros la tarea de cómo lograr los objetivos propuestos; pero esta posición se ubica entre dos extremos, que también existen.

-Lo escucho.

-En una punta se ubican los presidentes que, cuando el ministro de Economía le pregunta, responden: «No tengo la menor idea, pensé que usted era quien me lo iba a decir». En el otro extremo están aquellos que no solamente creen tener en claro el «qué», sino que también incursionan en el plano del «cómo», dándole consejos o instrucciones técnicas a sus ministros. Federico Pinedo y Henry Kissinger han descripto de manera nítida la relación que existe y la que debería existir entre un presidente y sus ministros; descripción que surgió de su propia experiencia y de la lectura de la historia.

-¿De dónde sacan sus ideas económicas los presidentes que no son economistas?

-Primero y principal, de sus vivencias. En el hogar, en la escuela, en el barrio, etcétera, es donde uno comienza a familiarizarse con la realidad económica. Mucho después llegan los estudios superiores, los viajes, la familia que uno forma, etcétera. ¿Cuán permeables son estas vivencia cuando son puestas en tela de juicio por los asesores presidenciales? Además de lo cual, como usted dice, hay presidentes que dejan hacer y otros que se entrometen.

-¿Qué es mejor?

-El presidente de una nación tiene que preservarse, sobre todo en un país presidencialista como la Argentina, porque es el único que no puede volver a su casa hasta que termina el período para el cual fue electo. Por eso, nunca tiene que hablar de que no va a devaluar, o decir que la respuesta al aumento de la tasa de inflación pasa por intensificar los controles de precios, para evitar la especulación. Tiene que dejar actuar a sus ministros, y cuando está disconforme con sus resultados, reemplazarlos.

-¿Cómo funciona el gabinete nacional?

-Todos los ministros quieren pasar a la historia, pero existe un conflicto objetivo, porque las razones por las cuales el ministro de economía se inmortaliza son aquellas por las cuales el resto del gabinete no lo hace. ¿De qué lado se ubica el presidente de la Nación frente a cada conflicto? En condiciones normales, apoya al resto del gabinete; solo en emergencias extremas toma partido a favor del ministro de economía? ¡y apenas mientras dura la emergencia extrema!

-Estimado Alan, muchas gracias.

Fuente: La Nación