La cabeza fría, al servicio del corazón caliente

Por Juan Carlos de Pablo - Economista

15-03-2020 – ¿Qué le pasa a una persona que va a pedirle algo a otra que, como en ese momento, está genuinamente preocupada por una cuestión grave, califica duramente el pedido, porque lo plantea alguien que, como no tiene dicho problema, sigue actuando como si tal cosa? ¡La sacan corriendo! A todos nos ocurrió, a veces nos sacaron corriendo, a veces sacamos corriendo a los desubicados.

El presidente Alberto Fernández debe tener esto muy en claro cuando encare la negociación con el FMI y con los bonistas. No sea cosa que la «comprensión» que dijo haber encontrado en líderes políticos europeos, cuya efectividad práctica estaba por verse, se transforme en «incomprensión», a la luz de los efectos del coronavirus.

En el plano económico, el coronavirus genera efectos palpables y también prevenciones. Los primeros difieren según sectores: las agencias de turismo la están pasando mucho peor que los peluqueros, y ambos peor que los fabricantes de barbijos.

Frente a lo desconocido, la prevención puede pecar por exceso o por defecto. Desde el punto de vista decisorio, lo primero es mucho menos costoso que lo segundo. Ergo, cabe esperar más prevención que la necesaria si supiéramos de qué se trata.

Las catástrofes foráneas pueden servir para los debates que plantean los dirigentes políticos locales, pero al responsable de una política económica en general le complican la vida.

Lo cual quiere decir que éste tiene que revisarla a la luz del deterioro internacional. Tarea ingrata, porque tiene que ser encarada en medio de un coro que explica por qué no se puede renunciar a nada.

No esperemos milagros. Aunque el presidente Fernández a los productores agropecuarios hoy les dijera «todo lo que mi gobierno dijo sobre ustedes fue en broma», no le comprarían un auto usado; así como aunque a los comerciantes les dijera «eso de que ustedes suben los precios porque sí fue un decir», no les disiparía las dudas.

Pero no se trata de esperar milagros sino, como recomendaba el gran economista inglés Alfred Marshall, de poner la cabeza fría al servicio del corazón caliente. Sin la guía del corazón caliente, la acción se desorienta; sin el aporte de la cabeza fría, desbarranca.

Antes del coronavirus le había recomendado al presidente Fernández que, en soledad, reflexionara sobre dónde está parado. Ahora, con más razón; porque sólo a partir de diagnósticos realistas y actualizados podrá adoptar buenas decisiones.

Fuente: La Nación