El tránsito hacia el equilibrio, evitando la «trampa perfecta»

ESTE AÑO MEJORARÁ EL DÉFICIT PRIMARIO Y EMPEORARÁ EL DÉFICIT FISCAL - Cada punto que crece la economía significan $25.000 millones extra de recaudación, por lo que crear las condiciones para crecer al 4% por año equivale al punto de reducción anual del déficit primario.

Un punto común de los heterogéneos ciclos económicos de la Argentina es el déficit fiscal: en su primer siglo de vida el Estado sólo mostró superávit en 12 años, mientras que en el segundo ese número cayó a la mitad, prácticamente concentrado de manera consecutiva en 2003-2006. Es decir, parecería que los argentinos siempre tuvimos dificultad para equilibrar lo que demandamos del Estado y la forma en que lo vamos a financiar.

Más aún, el desequilibrio fiscal no es una cuestión local: de hecho, en sólo 30 de 191 países el Estado recauda más de lo que gasta.

Sin embargo, pese a no ser una novedad histórica ni mundial, la cuestión del equilibrio fiscal comenzó a escalar posiciones en la agenda del Gobierno, y en adelante veremos esta preocupación con cada vez mayor claridad.

Antes de continuar, cabe una primera reflexión: el déficit fiscal no es un problema en sí mismo, ya que incluso es deseable si es producto de un fuerte proceso de inversiones o si se incurre transitoriamente en él para estimular la actividad en ciertos momentos recesivos. La función de estabilización económica es uno de los roles fundamentales del Estado.

Pero también innegable es que una economía con déficit fiscal está expuesta a cimbronazos, y mucho más si el desequilibrio es elevado y persistente. Esto último no tanto por el déficit en sí, sino por las formas a las que se apela para financiarlo, como la emisión monetaria (imprimir los pesos que no se tienen), el endeudamiento (pedir prestado, con intereses, los pesos que no se tienen) o el ajuste (equilibrar «a la fuerza» lo que entra y lo que sale).

Por estas razones, como primer paso tenemos que internalizar la importancia de mantener equilibrio fiscal como insumo fundamental para la generación de un entorno proclive al desarrollo social al que aspiramos.

Con esto en mente, la gravedad de la situación fiscal actual radica en la coexistencia de una presión tributaria muy elevada (con fuertes demandas a que sea reducida) y un rojo fiscal por encima de la media histórica. En otras palabras, pocas veces en la historia el Estado recaudó tanto, y así y todo tiene un desequilibrio mayor que en otros momentos del tiempo.

En vistas a este desequilibrio, el Gobierno trazó una estrategia «gradualista» para su corrección, con metas descendentes para el déficit primario, y financiando los baches con endeudamiento.

El espíritu de esta lógica no es incorrecto, ya que no hay forma de «traspasar» al sector privado un rojo de 6 puntos del PBI (equivalente a la mitad de la producción industrial) de un año a otro. Pero sí me gustaría señalar cuatro diferencias centrales en la forma de llevar a cabo esta estrategia.

La primera diferencia es la más importante, y es conceptual: la corrección del déficit primario debe ser producto de la expansión de la economía, y no prerrequisito para reactivar. En otras palabras, para traspasar al sector privado un gasto que hoy hace el Estado, obligatoriamente necesitamos un sector privado más grande que lo pueda absorber.

De hecho, cada punto que crece la economía significan $25.000 millones extra de recaudación, por lo que crear las condiciones para crecer al 4% por año equivale al punto de reducción anual del déficit primario.

Cabe señalar también que corregir el déficit fiscal por la vía del crecimiento y reducir la presión tributaria no son conceptos antagónicos, ya que hoy el peso de los impuestos recae sólo sobre una parte de las unidades que generan valor económico, pero no sobre otras, ya sea de jure (exenciones y heterogeneidades) o de facto (informalidad). Ampliar la base tributaria, en un marco de crecimiento, es la principal vía de corrección fiscal.

Esto no implica que no haya que optimizar el gasto público; de hecho, existe margen para gastar mejor de lo que se hace actualmente. Sin embargo, creemos que el mayor énfasis debe estar puesto en generar nuevos recursos.

Lógicamente, el Gobierno argumenta que la economía ya está creciendo. Sin embargo, si este año se crece 3%, el volumen de actividad será sólo marginalmente superior que el de 6 años atrás, pero el consumo público será 20% superior. En este sentido, para la corrección fiscal por la vía del crecimiento lo importante es la sustentabilidad de la expansión económica.

La cuestión de la sustentabilidad nos lleva a la segunda diferencia, y que refiere a la falta de integralidad de la estrategia fiscal dentro del programa económico: una política antiinflacionaria aislada y basada en el manejo de un único instrumento (tasa de interés) en un marco de fuerte endeudamiento para financiar el gradualismo fiscal genera un entorno de operación para las unidades económicas en el cual la inversión financiera es más apetecible que la productiva, donde importar es más conveniente que producir y donde hay más incentivos a distribuir dividendos que a reinvertirlos, y no es una configuración conducente a que las pymes generen empleo. Y la falta de creación de empleo sigue siendo el nudo central de los principales desafíos estructurales (social, fiscal y previsional). Por ende, si desde la política antiinflacionaria y la cambiaria no se generan condiciones para el crecimiento sustentable, el gradualismo fiscal tiene límites evidentes.

En este marco de restricciones, la tercera diferencia hace a las prioridades. Resulta claro que si todos demandan menos impuestos y mayor gasto, hay costos fiscales en los que no se puede incurrir. Pero justamente por eso hubiese sido preferible consumir los escasos márgenes de maniobra que dejó el Gobierno anterior en el crecimiento del mercado interno, en las pymes que invierten y en la creación de empleo. Recordemos, la economía es la ciencia que estudia la mejor forma de asignar recursos escasos a necesidades ilimitadas.

Finalmente, la cuarta diferencia hace a la forma en la cual se planteó el gradualismo fiscal, que es con metas sobre el déficit primario (sin intereses), y no sobre el fiscal (que los computa).

En este esquema, la meta es decreciente en el desequilibrio entre recaudación y gastos (sin intereses), y luego se consigue deuda para «tapar» el bache, más el capital y los intereses de la deuda preexistente. El problema es que el costo de la deuda conseguida para financiar los distintos rojos se acumula a gran velocidad, y la situación fiscal global (déficit primario + intereses) en la práctica no mejora; y este es el riesgo de la «trampa perfecta»: que siempre se requieran ajustes adicionales sobre el gasto primario para pagar una factura cada vez mayor de intereses.

De hecho, en 2017 se reducirá el déficit primario pero empeorará el déficit fiscal. Más aún, en 2019 el déficit primario habrá caído a la mitad en relación a 2015, pero el déficit fiscal sería similar; y en cuatro años la carga de intereses pasaría de representar de 0,8 a 2 meses de recaudación.

Este esquema tiene de fondo otras dos complicaciones estructurales. La primera es el fuerte crecimiento del riesgo que implicaría un corte abrupto (o empinamiento del costo) del financiamiento; un escenario así empujará al uso las otras dos herramientas: emisión o ajuste.

La segunda dificultad adicional comprende a la inflexibilidad del gasto público. A fines de 2015, los subsidios explicaban la totalidad del déficit primario, pero en 2018 representarán la mitad. Es decir, conseguir el «punto anual» de recorte en los próximos años no se podrá lograr aumentando tarifas, sino que se deberá avanzar sobre otras líneas del gasto.

Y la estructura actual del gasto nos muestra que esto no es sencillo, sin tener un impacto social negativo.

Por eso, el crecimiento de los servicios de deuda (que se «comen» la mejora del déficit primario) y la «dureza» que comenzará a evidenciar el gasto público son dos límites tangibles que tendrá la estrategia fiscal actual.

Es central que la Argentina tenga equilibrio en sus cuentas públicas para alcanzar un desarrollo sostenido, pero encarar el problema por la vía del ajuste terminara trayendo más problemas que soluciones.

Por ejemplo, Grecia ajustó su gasto primario 13% en 2009-2011, pero su rojo fiscal sólo mejoró la mitad de eso, dado el impacto de los recortes. Argentina ajustó 9% el gasto primario en 1999-2001, pero el rojo fiscal empeoró 20%. Y las proyecciones muestran que la mitad de la mejora en el resultado primario de Brasil del próximo lustro se «irá» en mayores pagos de intereses.

El verdadero gradualismo fiscal debe surgir como consecuencia del crecimiento. El error, y el peligro, de pensar que será el ajuste fiscal el que lo garantice puede llevarnos a volver a caer en la «trampa perfecta».

Fuente: Ambito Financiero – Redactado por Marco Lavagna – Economista, Diputado por el Frente Renovador