El fin de la inocencia

04-05-2018 – Curiosamente, los mensajes que desde el miércoles pasado le dan los mercados al Gobierno son simples y fáciles de entender. Que Federico Sturzenegger no es hoy el responsable de la crisis, en la que actúa como un piloto de tormenta. Que Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui son muy buenos y útiles funcionarios, pero que de ninguna manera pueden tener la responsabilidad de elaborar y poner en funcionamiento un plan económico creíble y de largo plazo. Que fue un grave error haber desmantelado el Ministerio de Economía y partirlo en cinco carteras sin conexión entre ellas y con políticas monetarias y fiscales contradictorias. Y lo fundamental que los mercados piden a gritos: un relanzamiento de la gestión económica de Mauricio Macri -con políticas activas creíbles y ambiciosas- y un ministro de Economía serio, con experiencia y con el poder necesario para ejecutarlo y defenderlo. Quizás ese plan no sea muy diferente al norte que siempre defendió el Presidente y que se basa en la reducción del déficit fiscal y la garantía del crecimiento económico anual sostenido, aunque sea con números austeros. Pero son los mecanismos y los hombres para lograr esos objetivos los que están en crisis desde el miércoles pasado, y lo que se refleja con claridad y simpleza en los mercados.

En dos decisiones recientes del Gobierno se vio la falta de un equipo con un horizonte definido. La primera fue la liberación de los precios del petróleo en octubre del año pasado, tomada a pedido del Ministerio de Energía de Juan José Aranguren y que determinó alzas en los precios locales de los combustibles de más del 20%, presionando contra la inflación de fines de 2017 y el primer cuatrimestre de 2018. Esto, en tiempos en los que el Ministerio de Hacienda de Nicolás Dujovne y el BCRA de Sturzenegger definían metas austeras para el IPC sin contar el efecto búmeran de la medida de su colega en Energía. La segunda fue aquella desafortunada conferencia de prensa del 28-D donde el Gobierno daba por finalizada la época de la aplicación de las metas del BCRA y la flexibilización de la política inflacionaria. Al mismo tiempo que desde (otra vez) Energía y Transporte se decidían los aumentos tarifarios de más del 40% para el primer trimestre del año. Tampoco hubo coherencia al avanzar en ese ya error histórico que fue la creación del impuesto a la renta financiera, con el que Macri quedará para siempre en los anales de la política fiscal criolla con un tributo de invención propia. Ese tributo, aplicado para convencer a Sergio Massa y sus votos en el Congreso para que apoye la reforma tributaria, incluyó a los no residentes en su listado de atacados. Éstos tenían Lebac por unos u$s5.000 millones y el impuesto se les comenzaría a aplicar desde el primer día hábil de mayo, con lo que se descartaba una salida masiva de dólares de las reservas para atender a los inversores que abandonaran esa operación. Inevitablemente eso generaría un alza en la demanda de divisas y una inevitable devaluación. Justo en el mes (mayo) en que el Gobierno le aseguraba a la población que comenzaría a bajar la inflación. A esto se sumó la crisis internacional.

Ningún ministro de Economía profesional y que trabaje «a botonera completa» hubiera tomado esas decisiones contradictorias entre sí. Tal nivel de eclecticismo no se vio, hay que decirlo, ni siquiera con Axel Kicillof en Hacienda. El Gobierno no debe desesperarse. Las crisis, en este caso traducidas como corridas cambiarias, enseñan. Y mucho. Todas las gestiones tuvieron las suyas. Las sufrieron Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde y Néstor y Cristina Kirchner. Cada uno reaccionó de manera diferente. Algunos aprendieron (Menem/ Duhalde/ Kirchner) y salieron adelante dominando variables. Otros protestaron contra los operadores (De la Rúa/ Cristina de Kirchner) y terminaron sucumbiendo. Es el turno de Mauricio Macri, que deberá aplicar como nunca aquel dicho oriental que asegura que «Crisis es oportunidad».

Lo que el Gobierno (este, los anteriores, y los que vengan), deben entender es que sólo hay un insumo indispensable del que un programa económico creíble no puede prescindir. No es la soja, ni el petróleo, ni el acero, ni ningún otro commodity. Tampoco las mejoras en los déficits comercial y fiscal. Ni siquiera el crecimiento de la economía. El insumo básico que no debe faltar en una economía seria, como la que debe y puede ser la de Argentina, es la confianza. Confianza en que el futuro será mejor que el presente y el pasado. Sólo Mauricio Macri hablándole a la sociedad puede lograrlo.

Muy oportuno el Twitter del humorista Ariel Tarico de ayer por la tarde al cierre de los mercados: «Washington y Franklin no se dejan coordinar por Marquitos. No saben trabajar en equipo».

P.D.: Mensaje al Partido Justicialista. Están en la mira. No es tiempo de oportunismos, populismos, demagogias, y, mucho menos, golpismo. El país aprendió de su historia reciente, y tiene claro el rol que gran parte de este partido tuvo en 2001. Si en serio quieren ser alternativa de gobierno para el próximo año, es momento de plantear ideas superadoras que los muestren, de verdad, con posibilidades racionales de hacer frente a la crisis que en gran parte generó el kirchnerismo; y con reglas de juego limpias.

Fuente: Ambito Financiero