Demanda y oferta de trabajo: hablando en serio

Por Juan Carlos de Pablo - Economista

21-10-2021 – En todas las manifestaciones organizadas por los sindicatos y las marchas llevadas a cabo por los movimientos sociales, cuando a quienes participan se les pregunta qué pretenden, la respuesta es: “Trabajo”. En algunos casos la pretensión aparece condicionada: trabajo digno, genuino, de calidad, etc.

Trabajo es la aplicación de energías mentales y físicas a la transformación de un bien para aumentar lo que algún ser humano está dispuesto a pagar por el bien transformado. El valor de los servicios laborales explica por qué la harina vale más que el trigo y el pan más que la harina. El trabajo asalariado aparece cuando un ser humano contrata el esfuerzo de otros para realizar la referida transformación.

Todo lo demás no es trabajo: no hay contraprestación en los subsidios y mucho menos en la propuesta de “salario universal”, que –en rigor– es una transferencia de ingresos de algunos (los contribuyentes impositivos y los tenedores de pesos) a todos.

Convertir el anhelo en realidad implica modificar la demanda y la oferta de trabajo. La demanda de trabajo es una demanda derivada. Un empresario generará más puestos de trabajo cuando piense que venderá más cantidad, y, por consiguiente, tendrá que producirla cuando se reduzca el costo laboral y cuando tomar más personal sea parte de su solución, en vez de generarle más dolores de cabeza, por los múltiples riesgos que ello implica.

Pero también tiene que haber más gente dispuesta a trabajar; y para esto, que 10% de la fuerza laboral esté desocupada, no siempre es un buen indicador de oferta laboral excedente. En particular, en la Argentina 2021, además de las actitudes y aptitudes laborales, se plantea la cuestión de que las personas tienen que ganar más trabajando que recibiendo subsidios.

Bienvenida la idea de transformar planes sociales en puestos de trabajo, pero esto funcionará si se tiene en cuenta todo lo anterior. Eximir transitoriamente al empleador del pago de contribuciones patronales y permitirle al asalariado que siga cobrando la ayuda social que estaba recibiendo ataca el segundo interrogante empresario.

Pero deja intactas la cuestión del nivel esperado de producción y ventas, y sobre todo la de los riesgos implícitos en toda contratación laboral. Y por si esto fuera poco está la cuestión de la duración de la vigencia de una reforma cuando falta credibilidad en el Gobierno.

Fuente:: La Nación