Cuatro años con lecciones: ¿se habrán aprendido?

29-12-2019 – Terminaron los cuatro años del gobierno de Mauricio Macri, en los que, como para todo gobierno, se entremezclan éxitos y fracasos. En términos de logros es mucho lo que se puede ponderar. La honestidad con la que se llevó a cabo la gestión probablemente no tenga igual en décadas, las mejoras en seguridad fueron visibles, se vivió en un marco de plena libertad, la política internacional reinsertó a la Argentina al mundo tanto en lo político como en lo económico, la eficiencia en la elección de la obra pública logró priorizar proyectos con alto retorno social, y las mejoras en el funcionamiento de las empresas del Estado redujeron la carga que representaban para el fisco, por mencionar solo algunas de las dimensiones donde hubo importantes progresos. Por otra parte, es claro, que los resultados económicos no fueron los esperados, ni por la población ni por el propio equipo de Gobierno. Y eso, a la postre, explica por qué veremos en 2020 al Gobierno en manos de otro signo político.

Herencia

Mirando hacia atrás, creo que puede concluirse que la difícil herencia que recibió el gobierno de Macri no fue la determinante de los resultados de su gestión. Hacia fines del 2017 la economía estaba en una sólida tendencia de crecimiento que los analistas pensaban seguiría en 2018 y 2019. La inflación se había desacelerado (corría al 17% la inflación núcleo hacía ya varios meses) con perspectiva de caer más y el mercado esperaba que la inflación en 2019 fuera del 10%. La pobreza, el gran objetivo, se había reducido a su menor valor desde principios de los 90. Es decir, que por más pesada que fuera la herencia, el Gobierno había logrado manejarla y no parecía afectarlo en la posibilidad de poner proa a un futuro mejor. Tampoco fue suerte: las condiciones internacionales que enfrentó Macri fueron buenas. Los términos de intercambio se mantuvieron estables y las tasas de interés internacional bajas. La sequía de 2018 fue un problema, pero no es suficiente para explicar el fracaso.

Esto nos interpela a entender cuáles fueron los errores económicos (y aciertos si los hubiere) de la administración de Macri. Es importante no ignorarlos, porque en esos errores residen las enseñanzas para el futuro. Quien más atención debería prestar es justamente Alberto Fernández que enfrenta ahora el desafío de, como él mismo lo ha definido, poner al país de pie. Yo remarcaría tres errores fundamentales. El Gobierno planteó una trayectoria de ajuste fiscal gradual (que en lo político funcionó, ya que le permitió ganar las elecciones de medio término), pero de la que se desvió fuertemente. El primer año del Gobierno el déficit primario (sin considerar los recursos del blanqueo) subió de 3.8% a 5.4% del producto! Y aunque el mercado siguió creyendo en el Gobierno, esto indudablemente lo puso en una situación de debilidad. El segundo error fue la falta de capacidad de consolidar instituciones económicas claras y transparentes. La avanzada sobre el Banco Central del 28-D fue el ejemplo más visible y más dramático ya que derritió la demanda de activos en pesos y fue el causante primario del sudden stop de abril. Pero hubo otros: no se crearon marcos claros de funcionamiento en energía, política comercial, o en defensa de la competencia, por mencionar algunos casos emblemáticos. Y tercero, uno de los puntos más criticados en círculos internacionales: una estructura de financiamiento del Tesoro focalizada en deuda en dólares y de corto plazo que generó vulnerabilidades.

Decisiones

No todo fueron errores, por supuesto, y tres decisiones fueron cruciales para morigerar el cimbronazo de la crisis de 2018 y 2019. El primero fue tener un tipo de cambio flotante, que aisló al mercado de trabajo del shock externo preservando el empleo (claro está, ajustando los salarios en dólares); según el Indec, ¡la tasa de empleo crece en 2019! Cualquier régimen de tipo de cambio fijo, enfrentado a un shock como el que vivió Argentina, hubiera llevado la tasa de desempleo a niveles exorbitantes. Segundo, la acumulación de reservas. En los dos primeros años se compraron 40.000 millones de dólares y aunque estos vinieron con la mochila de las Lebac/Leliq, cumplieron su rol de “seguro” para una crisis, y se convirtieron en un activo esencial para asegurar la transición. Finalmente, el buen trabajo de inserción internacional fue central para lograr el apoyo del FMI, que también permitió suavizar el ajuste y reducir los costos del financiamiento.

¿Qué lecciones dejan estos errores y estos aciertos para 2020 y para el futuro gobierno? Por un lado, que Argentina va a tener una macro estable sólo cuando sostenga instituciones fiscales y monetarias estables. Esto requiere, en primera instancia, trabajar en establecer reglas fiscales y monetarias que comprometan al sistema político a sostener el equilibrio fiscal y una baja tasa de inflación. Un aspecto central de este debate en 2020 tendrá que ver con la utilización de los recursos de Vaca Muerta. En valor presente Vaca Muerta podría convertirse en un ingreso extra para Argentina equivalente al 3% de su PBI a perpetuidad. (Para comparar, una reestructuración de la deuda con el sector privada con un cupón del 4% sería equivalente a un costo del 1% del PBI por año). ¿Cuál es la manera óptima de usar esos recursos? ¿Hay que endeudarse a cuenta? ¿Hay que usarlos en primer lugar para cancelar deuda mientras ésta exista? ¿Hay que hacer como los noruegos, que ahorran todo lo que ingresa y luego gastan el retorno real de lo que van juntando? ¿Deberíamos darles a esos mismos noruegos la administración de los fondos, evitando riesgos de corrupción o despilfarro? Son todas preguntas que recién asoman en el debate. El problema de la institucionalidad aplica, aún más, y de manera más urgente a la política monetaria.

Llama la atención que nadie entre los economistas haya defendido la continuidad del presidente y directorio del Banco Central en esta transición, una estabilidad institucional que es pilar fundamental de la estabilidad monetaria de un país. El país emerge de 300% de inflación en un período presidencial sin conciencia de la necesidad de consolidar al Banco Central como entidad independiente. Esto es sorprendente. Lula da Silva, por dar un ejemplo ideológicamente afín al Gobierno que toma el poder, cuando llegó al poder en Brasil nombró a Henrique Meirelles como presidente del Banco Central, un ejecutivo brasileño en la banca internacional. Allí sí se entendió la necesidad de apuntalar la credibilidad de esa institución. Por eso si aterriza en ese sillón Miguel Pesce, quien al momento de escribir esto suena como Presidente del Banco Central en el Gobierno de Alberto Fernández, el presidente debería asegurarle su autonomía enviando un proyecto de ley al Congreso estableciendo la independencia del Banco Central. Más aún, todas las fuerzas políticas deberían comprometerse a respetar su mandato para los próximos 6 años. Sólo una fuerte institucionalidad podrá quebrar las expectativas de inflación, un fenómeno que Macri sufrió en carne propia: el 28-D lo condenó a terminar con un Banco Central que prometía cero emisión al tiempo que el mercado le exigía una tasa superior al 60% nominal en pesos.

Cepo

La experiencia reciente también deja enseñanzas en términos de política cambiaria y de deuda. Con cepo, el país no podrá crecer. Punto. Y por una razón trivial. Con cepo la Argentina no sería un destino atractivo ni para el ahorro doméstico ni para el internacional. Si el Gobierno entrante no ve esto, su objetivo de ponerse de pie será una quimera. Seguiremos sorprendidos preguntándonos cómo hacen los peruanos para tener su moneda cotizando lo mismo que hace 10 años, sin controles de ningún tipo.

A su vez, como dijimos, el tipo de cambio flotante fue un gran instrumento para suavizar los efectos sobre el empleo de la crisis de financiamiento. En estos cuatro años se crearon 1,2 millones de puestos de trabajo, que, aunque insuficientes para absorber a todos los trabajadores ingresantes, evitó un desplome de cara al fuerte shock externo de financiamiento. Con tipo de cambio fijo, la historia se hubiera parecido mucho más a 2001, y no lo que finalmente fue, un Gobierno que termina en tiempo y con el apoyo del 40% de la población. Sin embargo, aun así, se escuchan voces que piden que volvamos a un tipo de cambio más rígido.

Pero más allá de estas lecciones, queda la gran incógnita del arranque. ¿Cómo usará Alberto el poder que emana del voto, el apoyo que ha recibido, particularmente de las organizaciones sindicales, y el crédito de credibilidad con el que arranca cualquier gobierno? ¿Lo usará para implementar un acuerdo de precios y salarios que estabilice la economía de manera contundente, digamos con un objetivo de cero inflación mientras corrige los desequilibrios fiscales? ¿Se animará a sostener la corrección fiscal lograda en el Gobierno de Macri, congelando las jubilaciones en los deprimidos valores actuales? ¿Usará la fuerte depreciación reciente para aumentar las retenciones y mejorar aun más la situación fiscal? Estas incógnitas podrán resolverse favorablemente o no, en el corto plazo. Pero sea como sea, sin instituciones seguiremos condenados a avanzar a los tumbos. Habrá que esperar para ver si esa lección fue aprendida.

Fuente: Federico Sturzenegger – Ambito Financiero