¿Cuánto nos cuesta mantener la base monetaria constante?

29-10-2018 – La meta de mantener congelada la base monetaria llevó la tasa de política monetaria (LELIQ) a superar el 70% anual, cuando a comienzos del acuerdo con el FMI se encontraba en el 40%. Con una inflación anual cerrando en torno el 47 y 50% en 2018, la tasa de rendimiento real con que el BCRA subsidia a las entidades financieras se encuentra 20 puntos porcentuales arriba de la inflación, y muy por encima del 20% de costo de fondeo de los bancos.

La valorización a tan elevadas tasas de los activos financieros en manos de las entidades implica un efecto bola de nieve sobre el volumen de títulos del central. Las tasas por encima del 70% con capitalización semanal, implican que el volumen de tales títulos en manos de las entidades se duplique anualmente. El stock de LELIQs ya alcanza el $617.600 M, hecho que implica un subsidio del BCRA al sistema financiero por $1.700 M diarios. De mantenerse las actuales tasas de política monetaria, el monto anual del subsidio al sistema financiero vía LELIQs equivale a casi el 20% del total de gastos proyectados para el Estado Nacional en el presupuesto 2019.

Al respecto, la principal diferencia con las LEBACs que el FMI ordenó desarmar, es que las LELIQs se encuentran totalmente en manos de entidades financieras. Una diferencia considerable al pensar formas de desactivar esta nueva bomba, dada la posibilidad de regular las tenencias financieras de las entidades mediante una simple comunicación del BCRA. De esa forma, puede impedirse su conversión repentina a activos dolarizados en un eventual proceso de normalización de las tasas de interés.

Sin embargo, las tasas de los plazos fijos que pagan las entidades a los ahorristas (de entre 44 y 55%, en sintonía con las proyecciones de inflación), se sostienen en parte del subsidio del BCRA a las entidades vía LELIQs. De esa manera, un desarme de las LELIQs puede tener un impacto indirecto en las tasas de los plazos fijos y, por esa vía, en la demanda de dólares.

Un costo adicional de la política de base monetaria constante con elevadas tasas financieras, es que pone en jaque a la inversión, ya que prácticamente ninguna actividad productiva puede ofrecer niveles de rendimiento que compitan con los que promete un activo financiero con mayor nivel de liquidez por su propia naturaleza económica. La consecuencia es un desincentivo a la inversión productiva, mucho más en un contexto de retracción del consumo por una inflación que le gana la carrera a los salarios, jubilaciones y asignaciones; y del gasto público en el marco del programa de ajuste propiciado por el FMI.

Así lo refleja el propio proyecto de presupuesto del oficialismo, al estimar una contracción de la inversión real cercana al 10% para 2019. La caída del 40% interanual en las cantidades importadas de «Bienes de Capital» en septiembre, es otro indicador de como el programa económico oficial dejó de lado la expectativa de una lluvia de inversiones para pasar a promover su sequía.

Pero el punto más débil del programa en curso es el evidente fracaso de las políticas monetaristas en el control de la inflación. El lanzamiento del programa de emisión cero con muy elevadas tasas de interés, coincidió con el dato más alto de inflación de la última década. La coincidencia entre pico de inflación y el inicio del programa ultra-monetarista de cero emisión, no es una simple casualidad. La política monetaria ortodoxa ya lleva varios años de fracaso en el control de una inflación con componentes inerciales, y su implementación en forma más enérgica sólo generará un fracaso más enérgico.

Fuente: Andrés Asiain – Ambito Financiero