Coronavirus en Argentina: Economía y pandemia, el doble riesgo que enfrenta Alberto Fernández a cuatro meses de su asunción

Cómo es el liderazgo del Presidente en medio de la crisis. Cristina, los errores no forzados y el angosto margen por el que camina la gestión.

12-04-2020 – Un viejo televisor con antena reproducía imágenes con rayas, en un único ambiente de seis metros por seis, dividido por una pared de durlock para que por las noches simulen ser dos espacios distintos. El matrimonio -él apenas por encima de los 40 años, ella menos- estaba rodeado de sus diez hijos. Eran las cinco de la tarde. Los doce comían galletitas de agua con paté. El representante del Estado que entró a visitarlos no se animó a preguntar si se trataba del almuerzo, pero lo intuyó cuando el hombre le contó que había regresado de vender cartones y botellas y que eso le había permitido comprar «algo para comer». El lugar no tiene calles. Se accede por un pasillo tan angosto que no entra una camilla. En las afueras hay autos abandonados, basura sin recoger, y cada tanto hay estructuras precarias con ventanitas que se abren y se cierran para vender paco. Villa San Petersburgo, en Isidro Casanova, partido de La Matanza. Es una imagen. Vale por miles.

Se acaban de cumplir cuatro meses de la ceremonia de jura de Alberto Fernández. El Presidente asumió el poder sabiendo que iba a tener que enfrentar una decadencia de varias décadas, con indicadores económicos que venían en caída desde la época de Cristina Kirchner, pero que se agravaron con la gestión de Mauricio Macri. Lo que nunca imaginó fue que a esas familias que viven hacinadas en el Conurbano bonaerense -y en tantos otros sitios del interior del país- les iba a tener que pedir, además, que no salieran de sus casas para intentar apaciguar los efectos de una pandemia que mantiene en vilo al mundo y reproduce muertos por minuto.

Aun con un tránsito y un final impredecible en la Argentina, donde la batalla recién comienza, el coronavirus marcará un antes y un después en el mandato y en los planes que Fernández hizo desde que Cristina lo eligió como candidato. Es posible, incluso, que se convierta en el hecho que terminará de moldear su estilo, el temple presidencial y hasta su suerte política porque aunque la pandemia pase deberá lidiar con las consecuencias. «Nos estamos jugando el todo por el todo«, arriesgan quienes frecuentan la Residencia de Olivos.

Las encuestas, a contramano de la crisis, ubican al Gobierno en un muy buen momento. La enfermedad que nació en China llegó cuando en teoría los ciudadanos empiezan a perder el encanto por el recambio de poder y se extingue el período de luna de miel. Aquí parece haber ocurrido al revés, entre otros motivos porque la activa participación de Fernández ayudó a ahuyentar el fantasma de que es él y no Cristina quien ejerce el control.

De todos modos, sería imprudente aferrarse a los sondeos de imagen: la administración del conflicto obliga al Presidente a tomar decisiones todo el tiempo. A exponerse frente a 44 millones de personas que siguen las noticias desde el living de su casa. Por lo tanto, a pagar costos: las colas en los bancos de hace una semana, el escándalo por las compras de alimentos con sobreprecio -que el Ejecutivo al principio intentó defender y luego terminó con 15 funcionarios que dejaron su cargo- y la prórroga de la cuarentena -que desde el punto de vista sanitario casi nadie discute, pero que le provoca quejas de los empresarios y de algunos gremios- lo ponen en el centro de la escena las 24 horas. Todavía no hay nuevos registros de encuestadores serios después de esos acontecimientos.

Fue Fernando Navarro, funcionario y uno de los líderes del Movimiento Evita, el que le contó al primer mandatario aquella escena de la familia que vive en San Petersburgo. «Esa gente no solo no tiene para el día a día. No puede quedarse encerrada», le transmitió. Lo mismo le dicen los intendentes en los municipios más vulnerables, en los que la recaudación se desploma. En algunos, como en Esteban Echeverría, hasta el 50 por ciento. Nadie quiere pensar qué pasará en abril y mucho menos en mayo. La cuarentena vino para quedarse. Si el pico de contagios se espera para mediados de mayo, ¿cómo sería posible levantar el aislamiento obligatorio antes? El otoño no ayuda, pero el invierno, que arrancará el 20 de junio, ayudará menos.

Alberto constató con sus propios ojos el miércoles, en una visita a Lanús, las condiciones de hacinamiento que afectan a un sector de la población. Había ido a supervisar el Polo Educativo, donde el intendente Néstor Grindetti montó un hospital de campaña para atender casos sospechosos de coronavirus. El Presidente pidió luego apartarse de la agenda y hundió lo zapatos en las calles de tierra de Villa Jardín, cerca de Villa Caraza, donde se terminó de convencer -aunque no lo dijo en la conferencia de prensa del viernes- que en esas zonas del Conurbano hay que hacer un retoque en la consigna: no será «quedate en tu casa» sino «quedate en tu barrio». No deja de ser un riesgo.

La cuarentena transita de la mano de un creciente deterioro económico y en plena renegociación de la deuda. Este segundo punto era, hasta la aparición del coronavirus, la principal obsesión de Fernández: la piedra angular de su modelo. Esa negociación, que solo en manos privadas oscila entre los 90 y los 100 mil millones de dólares -cerca del 15 por ciento vence este año- también tiene final incierto. El oficialismo hizo deberes que el Fondo Monetario Internacional resaltó: ajustó el gasto, dispuso un impuesto del 30 por ciento para la compra de dólares, aumentó las retenciones al agro, y anuló la movilidad jubilatoria macrista; es decir, le bajó los ingresos a los jubilados que no cobran la mínima, incluso a aquellos que están levemente por encima.

A esas medidas siguieron o fueron mechadas con otras que buscaron compensar el malhumor: el Gobierno congeló las tarifas de servicios públicos, dispuso la doble indemnización para los despidos, otorgó medicamentos gratuitos para los jubilados y empezó a entregar tarjetas alimentarias. Desde las últimas semanas, frente a las restricciones para trabajar, el Presidente lanzó un paquete de medidas para aliviar a las Pymes, incrementó la Asignación Universal por Hijo, suspendió los desalojos, la suba de créditos hipotecarios, impidió el aumento de los alquileres, sacó un bono para monotributistas y le dio un adicional a los trabajadores de salud, entre otras iniciativas. Se calcula que destinará cerca de un punto y medio del PBI, unos 300 mil millones de pesos. Parece mucho, pero resulta insuficiente para tamaña crisis.

El Congreso entró en un parate. A esta altura debía estar debatiéndose el aborto, uno de los caballitos de batalla de la nueva gestión junto con la reforma judicial. Los anuncios los había hecho Alberto después de su gira por Europa, donde obtuvo fotos con los principales líderes políticos y con el propio Papa Francisco, que intercedió frente a Kristina Georgieva por la renegociación de la deuda. Aquellas maniobras daban lugar a pensar en una negociación más efectiva y más rápida. No resulta así. Algunos responsabilizan a Martín Guzmán, el ministro de Economía. Le achacan que perdió demasiado tiempo. Y le recriminan lo mismo que a su jefe: ¿cuál es el plan económico de la Argentina?

El jefe de Estado siempre lo supeditó a un buen acuerdo con los bonistas y el FMI. Hoy tiene poco tiempo para pensar en eso. Su presente está signado por evitar muertes. Por coronavirus y por los efectos que causará en la economía.

Fuente: Santiago Fioriti – Clarín