Argentina no es un país rico, aunque algunos lo creen

No todos están de acuerdo con la corriente de optimismo que arrastra el gobierno en el tema económico. Y las disidencias se conocen a través de las declaraciones en los medios de comunicación. Como en un grito de euforia, Gustavo Santos, Ministro de Turismo de la Nación no sólo dijo que su sector tiene la posibilidad de generar 300.000 puestos de trabajo nuevos sino que ( es textual) «un dólar como el de ahora, si acompaña a la inflación, nos hace más competitivos». La entrada de turistas es mínima si se las compara con la de los argentinos que recorren el mundo.

La realidad corre por otro lado: hay quejas, propuestas y sugerencias . Se sabe que desde mitad de diciembre el tipo de cambio real avanzó un 10% pero si en el 2018 continúa el ingreso de capitales como vino sucediendo en los últimos tiempos y a eso se agrega la colocación de deuda, el atraso cambiario volverá para no irse. Las economías regionales viven en una alerta permanente. Paralelamente todo se agudizaría si persiste el desequilibrio que inquieta: se viene importando en el plano nacional más de lo que se exporta. Se trae tres veces más de lo que se manda afuera.

Además de quejarse porque el Gobierno no hizo un «diagnóstico profundo de la herencia recibida», Ariel Coremberg, Director del Centro de Estudios de la Productividad de la Universidad de Buenos Aires, en un diálogo con el diario La Nación, afirma que estaría de acuerdo con el gradualismo si las autoridades hubieran hecho un plan integral, que nunca existió. Eso se puede comprobar en las negociaciones salariales. Los costos del gradualismo indica Coremberg son difíciles de asimilar por la población. «Son los que estamos viviendo dice una falta de credibilidad en la política económica». Sin credibilidad no hay inversiones.

En primer lugar agrega porque los propios argentinos todavía no creen en el país. «Ellos ahorran, si están motivados. En cuanto a las multinacionales algunas vinieron pero si se quieren o necesitan mucho más hace falta coherencia».

Recuerda: Argentina alcanzó ocho defaults en los últimos cuarenta años, tuvimos tres hiperinflaciones, fallamos tanto con el modelo liberal como con el populismo. El inversor sabe esta pérdida de brújula. Y tiene miedo.

No faltan economistas cuyo centro de atención es, en gran parte, la inflación, no el resto de los factores. La actual, sugiere Roberto Frenkel fue gestada en el kirchnerismo por una mala política económica. Asegura: «La situación externa y fiscal del país eran excepcionalmente buenas. Parecía imposible de arruinar. Pero hasta las calesitas pueden chocar y el broche de oro fue la intervención del INDEC, informar acerca de algo que nadie cree».

Ahora el INDEC no miente pero otros, en su nombre proponen cambios en las metodologías de investigación. Eso sí, sin que nadie sospeche sobre manipulaciones arbitrarias.

Macri confirmó que su gobierno sería un fracaso si no logra reducir la pobreza, que como se sabe afecta al 28% de la población. Se motiva a los especialistas a crear un nuevo índice de apremios y necesidades, al que llaman multidimensional, en el que el ingreso no será la única y principal variable para sondear sobre la marginación y la exclusión del sistema social. Por ejemplo, si un hogar con niños tiene o no acceso a la escolarización. Eso llevó a darle vida a un Consejo de Políticas Sociales, que dependa de la Casa Rosada, para controlar las soluciones sociales.

Es casi una característica de este gobierno que sólo un grupo de personas que habitan en las inmediaciones de Plaza de Mayo dispongan de información que no se termina comunicando, como se sabe, un déficit de arrastre de ésta administración.

Si no se comunica una información lisa y llanamente esa información no existe o sólo está en la cabeza de 3 o 4 personas. Y allí se acaba todo.

Más allá de todo, la población argentina, no informada suficientemente o gustosa de vivir en la cornisa, ha transitado el 2017 por encima de sus posibilidades. El país no es rico. Sólo tiene activos ricos que hace falta extraerlos. Con inversiones, porque el ahorro nacional no quiere correr riesgos. Tenemos hidrocarburos, minerales estratégicos, cosechas formidables (aunque no existan planes para el drenaje indispensable de las inundaciones) y talentos tecnológicos. Pero no convierte a la sociedad en rica, ni los indicadores del país son envidiables.

Lo increíble es que no gasta puertas adentro porque el consumo sobre el fin del 2017 concluyó igual que en el 2016. Sin que tenga responsabilidad en ello, este parate impacta en las conducciones gerenciales de los grandes abastecedores. Renunció, por ejemplo, el máximo responsable de Carrefour en la Argentina después de 35 años de trabajo por razones que nunca se explicaron. ¿Ese señor fracasó o las condiciones del país lo condicionaron y fue imposible revertirlas?

Otra fantasía: el rojo por turismo en estos meses ha llegado a 10.662 millones de dólares que se cubre por deuda. El gran dilema es que en el período entre enero de 2016 y diciembre de 2017 se tomaron del exterior 50.000 millones de dólares que concluyó abasteciendo el déficit de cuenta corriente , algo más de 32.000 millones de dólares y la formación de bolsones creados por el sector privado, también cerca de los 32.000 millones de dólares.

La deuda financia el déficit comercial y el de turismo, porque trae productos importados y selecciona veranear y comprar lo que le interesa en el exterior. Eso es déficit externo, arrastrado por compras que podrían prescindirse, pagos de deuda y gastos de turismo. Sólo en diciembre los argentinos compraron 3900 millones de dólares . Mucho más que el 90% de las adquisiciones arañaron los 1500 dólares cada interesado.

Como escribió Horacio Riggi en este diario «el comportamiento de los argentinos frente al dólar es digno de análisis psicológico. Compra cuando está barato y también compra cuando sube». Porque en su visión y en los antecedentes históricos nacionales seguramente subirá. El engaño es grande y el perjuicio es peor. No somos ricos, estamos permanentemente condicionados. No se puede vivir en la irrealidad.

Pero no sólo los ciudadanos viven en el romanticismo con el dólar. También la gente del Congreso Nacional: las estadísticas indican que más de la mitad del Senado Nacional y un tercio de los Diputados viajaron al exterior . El Estado invirtió por ellos 300.000 dólares y una ponchada de euros a lo largo del 2017. Con cada visita fuera del país el parlamentario recibe 3600 euros si su destino es Europa y 4.000 dólares en viáticos. Un sólo legislador concretó siete visitas al exterior . En cada tour se llevó 1650 euros y 6050 dólares. Si se puso límites en Cancillería y el plan es vender varias mansiones de embajadores ¿por qué nadie controla el Parlamento?. Hay interrogantes esenciales ¿para qué sirvieron esos viajes?. ¿Se justificaban? ¿Obedecían a invitaciones para estar presentes en foros regionales donde poco se decide? Más algo clave e interesante: ¿esos legisladores publicaron los resultados de sus viajes y los aportes que podían haber significado para el país?. Que se sepa, no lo hicieron.

Tampoco los legisladores entienden que la Argentina no es un país rico que tira la plata por la ventana.

Fuente: Daniel Muchnik – El Cronista